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El Consejo de Ministros queda ideal en La Moncloa

Los economistas, con frecuencia, aludimos al llamado principio de economicidad como máxima a seguir. A través de ésta se puede calcular la eficiencia relacionando el valor del producto con el valor de los factores. ¿Fue productivo celebrar el Consejo de Ministros del 21 de diciembre de 2018 en Barcelona? Ante todo, como catalán y español, uno quiere pensar en razones positivas para establecer un diálogo que intente solventar –si es posible– las diferencias existentes o, cuando menos, encauzar las cosas por unos derroteros más sensatos. Que se establezcan puentes para el entendimiento siempre es bueno para quienes anhelamos la concordia y el pacifismo.

Hecha esta anotación previa, entro en una vis más crítica apelando a ese principio de economicidad con el que arrancan estas líneas. Porque al margen de los saludos de rigor y de los poemas leídos, de las fotos buscadas y de toda la parafernalia protocolaria, hay que plantearse si el coste económico que representó tamaño despliegue de efectivos –incluyendo, cómo no, el Falcon para trasladar al Presidente y a sus colaboradores más estrechos; Airbus de enjundia llevando a ministros y su séquito;  helicópteros Puma y otros más vulgares; desplazamientos de fuerzas de seguridad y muchos refuerzos policiales, y un largo etcétera en el que se incluyen dietas, facturas de hotel y otras menudencias que en cualquier caso van sumando–, siempre con cargo al gasto público imparable de este país, valió la pena. Hasta aquí lo que podríamos decir costes directos que hay quien evalúa en 500.000 euros y que cada cual cifrará según crea conveniente. Euro arriba, euro abajo, lo incuestionable es el coste que para el erario ha representado celebrar el Consejo de Ministros en Barcelona requiriendo por añadidura de extraordinarias medidas de seguridad a causa de las especiales circunstancias que concurrían precisamente el 21-D en la Ciudad Condal.

Sin embargo, el coste del citado consejo en Barcelona no se circunscribe únicamente a todo el dispendio directo ocasionado por el desplazamiento de la comitiva gubernamental ni a los desplazamientos de contingentes policiales ni organizativos. Para la ciudad, la celebración de esta cita gubernamental ha supuesto un coste económico más o menos considerable como irán explicando comerciantes, restauradores, hoteleros y empresarios. Pero quedémonos solo con algunas imágenes, como la de una ciudad con bajo pulso el viernes 21 de diciembre, con tráfico por el centro muy fluido, con poca gente por sus calles más emblemáticas, con tiendas bastante o muy vacías, con restaurantes con mesas libres en una fecha tan señalada sobre todo por comidas de empresas, de amigos y de grupos de colegas, etc.

Todo eso se traduce en un claro perjuicio económico para el comercio barcelonés –con menos afluencia de clientes en una fecha clave: el viernes previo a las Navidades–, para el sector de la restauración –con cancelaciones de reservas y cambios de planes por el temor a la conflictividad social– y el perjuicio moral a aquella ciudadanía que se tenía que desplazar, por ejemplo, en busca de esos destinos navideños y que al tener que volar desde el aeropuerto de El Prat, por miedo a los colapsos y los posibles altercados que enturbiaran la normalidad en las mismas infraestructuras aeroportuarias o en sus accesos, se vieron obligados a poner en marcha otros planes, como, dormir en el aeropuerto ahora rebautizado, según parece, como Josep Tarradellas – El Prat a imagen y semejanza del Adolfo Suárez – Barajas. Al final, uno piensa, modestamente, que los Consejos de Ministros, mejor, por favor, que se celebren en ese marco bucólico y acogedor, que debe ser el Palacio de La Moncloa qué nuestro descarriado déficit público lo agradecerá y la actividad económica no se resentirá. Eso sí, ¡Feliz Año 2019 para todos!

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