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Hotel Ampurdán

Las caras desencajadas, las muecas de odio o la responsabilidad disuelta en el tumulto. En torno a los representantes de Ciudadanos, un ínfimo cordón policial repele penosamente a la jauría nacionalista, que no cesa en sus embates contra el enemigo. Por las imágenes que veo en televisión, no creo que haya más de 200; suficientes, en cualquier caso, para que la escena sea aterradora. Jóvenes alternativos que ocultan su rostro con la preceptiva capucha o tras un pasamontañas, representantes –iba a decir que respetables– de la meliflua clase media local, mujeres en la cincuentena –empoderadas, sobre todo, de resentimiento–, ancianas desgañitándose a insultos, etc. Un puño sortea la barrera y trata de alcanzar a Carlos Carrizosa, el parlamentario al frente de la delegación. Un objeto –una lata, leo después– impacta contra el rostro de Sergio Atalaya, portavoz de Ciudadanos en el Ayuntamiento de Blanes. Estamos en Torroella de Mongrí pero podríamos estar en el Berlín de los años 30, o en el cerco del Hotel Ruanda, o en las razzias atenienses de los muchachos de Amanecer Dorado. No hay nada, repito, nada, que no permita equiparar dichas pulsiones fascistas con la embestida que sufren, a manos de la tribu montgrina, los políticos de Ciudadanos. Aunque, bien pensado, no hay que irse tan lejos para buscar analogías.

El 5 de junio de 2006, una terna de ponentes de Ciudadanos, entonces un partido todavía en ciernes, acudió a Gerona para defender el lema si vas, vota no en el referéndum sobre la reforma del Estatuto que había promovido Maragall. El lugar que debía acoger –y finalmente acogió– los parlamentos, el Auditorio Narcís de Carreras, había sido tomado por unos veinte radicales. Fuera, en la calle, se agolpan alrededor de cien. En cuanto los oradores hicieron ademán de poner un pie en la escalera que conducía al salón de actos, retumbaron los primeros insultos: “¡Hijos de puta, fascistas!”. El periodista Jordi Bernal estaba allí: “El bullicio en las escaleras es puramente animal. Finalmente conseguimos superar el umbral de la puerta y llegamos hasta los ascensores. Queda el difícil trabajo de contención de los veinte maulets para los organizadores del acto. Difícil. Reciben escupitajos. Se llevan golpes e insultos”.

Aquel día, los mossos, invocando el espurio pretexto de que intervenir empeora las cosas, asistieron al hostigamiento cruzados de brazos. En Torroella, mal que bien, han tratado de proteger a los demócratas –porque, parafraseando el argumentario de los procesistas, esto, en efecto, “va de democracia”–. El verdadero progreso, no obstante, no tiene que ver con el hecho, ciertamente necesario, de contar con protección policial, sino con los 1.065 votantes que respaldaron a Ciudadanos en la localidad ampurdanesa en las elecciones autonómicas de 2017, y que merecerían, ni qué decir tiene, un acto de desagravio; como merecieron, por cierto, un acto de desagravio los intervinientes en el acto de Gerona.

Con todo, lo peor aún estaba por llegar –en Cataluña nunca se toca fondo en los últimos tiempos o ya no parece haber suelo para según qué estropicios-. El alcalde de Torroella de Montgrí –en una actitud calcada de la de su homólogo de L’Ametlla, que llamó bichos a los ciudadanos que pintaron de rojo un lazo amarillo en una rotonda del pueblo–, celebraba la actitud de sus convecinos afirmando en las redes sociales que jamás se había sentido tan orgulloso de ellos, en lo que constituye una resuelta incitación al odio, una instigación de la violencia contra el adversario político que debería tener consecuencias penales.

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